El faro
Ahora que presiento el faro en la distancia, querría retroceder. 
Estas marismas son frías y el viento suave que azota los juncos me hiela el aliento.
Estoy aquí y ya nadie me ve.
Martín se ha ido. Cuidadosamente ha sacado mis cosas del maletero y enseguida una por una las ha ido colocando en la cuneta. Rápidamente ha simulando un largo y fundido abrazo. Se ha despedido del viento y antes de que pudiera reaccionar, su coche arrancó.
Ha sido una casualidad encontrarnos después de tantos años.
Reconoció mi olor entre la gente, el reflejo de mi pelo iluminado por las luces de la tarde. Un fleco de mi bufanda rozó su cara y fue entonces, solo entonces, cuando me saludó sin ver.
No entiendo por qué se ofreció a traerme.
Son muchas horas de viaje. Ha estado muy inquieto durante todo el camino sin saber realmente hacia dónde mirar. Procurando encontrar una posición más cómoda para conducir. No ha comprendido, no se ha dado cuenta de que yo estaba sentada a su lado.
He pasado mi mano por su pelo suavemente durante el viaje. Él hablaba nervioso. De vez en cuando giraba la cabeza a izquierda y derecha buscándome.
No he podido dejar de acariciarle, el contacto de su pelo entre mis manos parecía devolverme lo que fui perdiendo poco a poco.
El faro esta solo, abandonado en medio de las aguas, ya no queda ni rastro de la isla que lo recogía.
La primera vez que sucedió fue en una de tantas cenas de amigos.
Estábamos sentados en la mesa del restaurante hablábamos del trabajo, de la familia, de los viajes, del primer desengaño. Hablábamos todos a la vez, atropelladamente, como si nos faltara el tiempo.
Martín sentado frente a mí con sus dedos rozando mis manos, escuchaba la conversación de mala gana. Estaba aburrido.
Anocheció en un segundo, los ojos de Martín traspasaron mi cuerpo. Sentí que me diluía. Pude ver en su rostro sorpresa, miedo, incredulidad, sentí definitivamente que ya no me miraba, que miraba más allá de mí. Traté de atraer su atención, de apretar su mano con fuerza, pero fue inútil.
A nuestro alrededor las sombras de la noche, dibujaban formas siluetas desprendiéndose de su origen.
Los amigos pensaron que me habría marchado discretamente, no le dieron importancia.
Solamente Martín, me buscaba preguntando a la gente, a los camareros. Nadie pudo sospechar que yo permanecía sentada en el mismo lugar, que mis manos temblorosas se aferraban a la mesa.
Ese fue el principio, ocurría sin más, en cualquier momento, me diluía lentamente de improviso, desaparecía invisible para todos, sin sombra, sin cuerpo, sin imagen.
Se acerca el final, voy agotando el último suspiro, subiendo pesadamente esta pendiente, cargada con todo mi equipaje.
Cuando nos encontramos por casualidad, fue como si el tiempo no hubiera pasado. Caminamos juntos, él no podía verme, pero no dio muestras de que le importara demasiado.
Me preguntó por qué no fui a buscarle después de aquella cena y yo le hablé de cómo intenté huir para ocultar mi desgracia, mi vida en la ausencia.
Le hablé del faro solo sin su isla, de mis intenciones más íntimas, de mi desesperación.
Martín se ofreció y yo acepté.
Pero ahora se ha ido.
El agua me rodea, voy sumergiéndome suavemente acariciando las olas. No tengo prisa, soy dueña del momento. Ahora puedo sentir como mi cuerpo leve, se funde con el mar, se diluye, se hace espuma.
El faro apagado me ofrece su figura erguida, solitaria. Me espera, seremos compañeros, seré su isla desaparecida.
No entiendo por qué se ofreció a traerme.
fin
Grisel
20015